Crónica: 40 minutos en la cárcel

Eran las 9:20 de la mañana, tenía que ingresar al centro penitenciario alrededor de las 9:30, hora de la visita.

No tuve que hacer fila para entrar. Dos guardas, un hombre y una mujer, me pidieron mi identificación y me indicaron donde debía poner mi libreta y lapicero para poder pasar por el sensor de metales.

Luego, me pusieron un sello en mi brazo.

A unos metros más adelante, otro puesto de seguridad, donde nuevamente me pidieron mi cédula y el nombre de la persona a la que iba a visitar, se dejaron mi identificación y me trasladaron a un cuarto. Me pusieron un segundo sello.

La guarda cerró la puerta sin delicadeza, tenía una música puesta con su celular de Jesse & Joy y me pidió que separara mis piernas.

Tenía guantes blancos y me empezó a revisar. Empezó por mi busto, tocando junto en medio de mis senos, luego pasó por mis brazos para terminar en mis piernas. Justo después me puso un tercer sello.

Seguidamente me indicó el camino que debía recorrer.

Era un pabellón largo, con un poco de zona verde, rejas y puestos de vigilancia en lo alto. Desde el otro lado del zinc, se escuchaba un ruido.

Al final del camino, un gimnasio de baloncesto repleto de personas: hoy sábado era un día feliz para los reos, hoy los visitaba todos los seres que amaban y otros, recibían a sus ‘’dealers’’.

Para poder ingresar al gimnasio, debía enseñar mis sellos (hacía mucho calor y se me estaban borrando).

‘’Si se le borran esos sellos, la dejan encerrada aquí’’ escuché decir. Tragué grueso.

Un guardia me pidió el nombre de la persona que iba a visitar y se fue a buscarlo. En la espera, miraba a mi alrededor buscando una mirada amiga, alguien que se sintiera igual de asustada que yo.

‘’Hola, mucho gusto, mi nombre es Bárbara, yo soy periodista y vengo a hablar con usted’’, dije con una sonrisa tímida.

‘’Hola, sí, ya me dijeron, voy a buscar un silla y buscamos un espacio para sentarnos a hablar’’, me contestó amablemente.

Buscamos un sitio ‘’cómodo’’. Era la primera vez que lo veía, no sabía qué personalidad tenía o si me iba a mandar a callar desde la primera pregunta que le iba a hacer. Sólo el hecho de estar ahí ya era un riesgo que decidí tomar y no iba a desperdiciar mi oportunidad. Me armé de valor y empecé mi interrogatorio.

-‘’¿Ya desayunó?’’, pregunté.

Se echa una risa de sarcasmo: ‘’Aquí nosotros no desayunamos. Nos levantan a las 5 de la mañana y como a las 8:30 nos dan una taza de café y un pedacillo de pan. Eso no llena. Aquí lo salva a uno la comida que le manda la familia o si tiene plata mandar a comprar algo a la pulpería’, me dijo.

Mientras me hablaba notaba que recién se había cortado el pelo, andaba muy bien vestido y olía bien.

Él, es parte de lo que denominan ‘’chusma’’, quién es todo el que está privado de libertad.

La misma chusma obliga a bañarse al que no quiere hacerlo y a ver noticias todos los días al que quiere ver tele.

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Fotografía: Esteban Miranda.

Son la familia que tienen, los que hacen colecta de dinero para pagarle mil colones a la semana a alguno de ellos a que haga el aseo del pabellón.

-¿Duerme tranquilo?, le pregunté mientras me explicaba que eran demasiadas personas en cada pabellón y que habían algunos que se pasaban de listos robando cosas.

-‘’Aquí uno no duerme tranquilo. Aquí uno tiene que tener cuidado con lo que se habla, puede que un día todo sea vacilar y al ratito no aguanten una broma y le peguen la puñalada a uno’’, me explicó.

Miré a mi alrededor y sentí tristeza. Muchos estaban aquí por culpa y otros por errores de otros.

No me profundiza mucho en su historia, pero es firme al decir que cuando estaba en la calle no era una ‘’rata’’, él no robaba, él traficaba drogas. Su salario semanal rondaba el millón de colones y su ganancia le duraba menos de una noche entre drogas, alcohol y putas.

-‘’¿Pero como va a gastar esa cantidad en una noche? Usted conoce de drogas, sabe que eso lo puede hundir’’, pregunté un poco escandalizada.

-‘’Yo siempre he andado en la calle. A mí me gusta. No le puedo decir que voy a hacer cuando salga porque no lo sé. Uno sabe que tiene que ponerse un límite con las drogas, pero más bien un millón no es nada para lo que se puede hacer en una sola noche’’, aclara sin remordimientos.

Cuando le pregunté por su familia, sonrío, ha sido su soporte, le mandan comida a diario. Su madre, con un gran puesto en algún cargo público importante, también lo visita.

‘’Ella me ha dicho muchas veces que cambie mi estilo de vida pero a mi esto me gusta (la venta de drogas)’’, su afirmación me sorprendió.

Cuando le pregunté sobre sus compañeros de pabellón, me explicó que son propensos a volverse locos.

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Hay quienes entraron con esposa y durante su estadía algún compañero ‘’les hacía el favor’’.

La homosexualidad no es algo que la mayoría de presos descarten, ya ahí adentro todo cambia: sus gustos, sus lujos, su humanidad y su mente.

‘’A mi me gustaría que aquí adentro hubiera más cursos para uno matar todo el rato que no tiene nada qué hacer’’, expresa como queja.

Mientras tanto, los guardias sólo vigilan, no se meten con ellos. Son muy pocos los corruptos, según me cuentan, y hay algunos que cobran hasta 100 mil colones por ingresar celulares.

Él seguía hablando y yo no podía parar de pensar que cuando terminara nuestra conversación, él iba a seguir su rutina y yo me iba a sentir impactada.

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Fotografía: Esteban Miranda.

‘’Los amigos son pocos, solo dos me han venido a visitar. Pero no los culpo, cuando yo estaba en la calle yo sólo los buscaba para vender, para ganar más dinero… Yo sé que por mi culpa mucha personas conocieron la droga y eso no me enorgullece’’, aclaró.

Él era un hombre común y corriente, con tatuajes normales, con ropa a la moda y con vocabulario decente, no era ‘’un pinta’’. Él es el hijo de alguna madre que cuando lo vio nacer se lo encomendó a Dios. Él es el hermano que recogía a su hermana de la escuela. Él es el que hizo que alguien quisiera consumir más droga.

Nos despedimos y mi alma me dijo que lo abrazara, tal vez porque sabía que yo iba a salir y poder ver a mi familia todas las veces que quisiera, iba a comer hasta que me diera cargo de conciencia e iba a poder dormir en una cama sin preocupaciones.

Él entendió mi abrazo y me lo recibió.

Cuando iba saliendo, me topé a un amigo que no me acordaba que estaba ahí, fue a abrazarlo y el sintió pena, vergüenza de verlo ahí, encarcelado y no como la vez que nos conocimos, cuando estaba libre.

Me explicó que se arrepentía muchísimo de lo que había hecho, no paraba de repetirlo y yo percibía que era como pidiéndome perdón.

Al salir, quería llegar al último puesto lo más antes posible, para sentirme como mis decisiones han hecho que yo sea: libre.

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Fotografía: Esteban Miranda.

Las fotografías no fueron tomadas en el Centro Penitenciario de Pérez Zeledón.

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